
Por: José Rafael Vargas Comprés
Hoy no hace falta escuchar un discurso completo. Basta con un titular, quince segundos de video o una frase convenientemente recortada para formar una convicción sólida, inamovible y, por supuesto, urgente. El resto del contenido estorba. Diríamos que pensar toma tiempo; indignarse es inmediato.
Los medios y las redes moldean por su parte con eficiencia quirúrgica: seleccionan lo “relevante”, amputan el contexto y nos entregan una verdad lista para consumir. El marketing lo sabe bien: no necesita convencer, solo necesita circular. Como en aquel juicio célebre contra Jesús, el hombre que dividió la historia en dos, se condenó sin escuchar el todo. No importaron los antecedentes ni el sentido profundo de sus palabras; bastó el clamor colectivo para dictar sentencia. Hoy ocurre algo similar: se juzga antes de comprender, y lo más paradójico es que muchos participan con entusiasmo, aun sabiendo que el relato está incompleto. El fin justifica el mensaje, y el ruido sustituye a la verdad. Pero la historia dejó una lección incómoda: ser mayoría nunca fue sinónimo de tener razón.
Cuando la mayoría repite una versión, surge la ilusión de certeza. Y entonces nadie pregunta si era verdad, sino cuántas veces fue compartida. ¿Tenían razón o solo lograron volumen? En la era de la posverdad, la razón ya no gana por argumentos, gana por alcance.
Escuchar completo se ha vuelto un acto casi subversivo. Observar con ojo crítico, una rareza. Dudamos menos de lo que creemos y repetimos más de lo que admitimos. Preferimos el amague emocional a la complejidad del pensamiento, porque pensar incomoda y la indignación reconforta.
¿Hacia dónde nos lleva esta posverdad? Probablemente a un lugar donde la verdad no desaparece, pero deja de importar. Un mundo donde la percepción sustituye a los hechos y la convicción precede al conocimiento.
Tal vez la verdadera rebeldía contemporánea no sea gritar más fuerte, sino escuchar hasta el final. No replicar de inmediato. No simplificar lo complejo para agradar.
En tiempos donde la mayoría aplaude fragmentos, no seamos mayoría.


