
Por Dra. Wanda Román.
El trabajo debería ser un espacio de crecimiento, estabilidad y dignidad. Sin embargo, para miles de personas se ha convertido en un lugar de tensión constante, silencios impuestos y maltratos normalizados. La hostilidad laboral avanza de forma silenciosa, dejando huellas profundas en la salud mental, el bienestar físico y la convivencia dentro de las organizaciones.
Esta hostilidad suele manifestarse a través del acoso laboral o mobbing, una forma de violencia psicológica reiterada que busca aislar, desvalorizar o intimidar a una persona en su entorno de trabajo. No se trata de conflictos aislados ni de diferencias de carácter, sino de conductas persistentes que deterioran progresivamente la autoestima, el desempeño y la estabilidad emocional de quien las padece.
La psiquiatra francesa Marie-France Hirigoyen advierte que la violencia psicológica sostenida puede destruir la identidad personal y la capacidad de resistencia emocional, llegando en casos extremos a lo que denomina un “asesinato psíquico”. La víctima no solo sufre, sino que termina atrapada en el silencio, el miedo y la culpa.
Las consecuencias de estos entornos hostiles no se limitan al plano emocional. Estudios recientes demuestran que el estrés laboral crónico tiene efectos directos sobre la salud física. En una investigación realizada con servidores públicos dominicanos, en la que participé como investigadora, se evidenció una relación significativa entre el acoso psicológico prolongado y la aparición de síntomas como dolor abdominal, distensión y alteraciones intestinales, propios del síndrome de intestino irritable. El cuerpo termina manifestando lo que muchas veces no puede expresarse con palabras.
Este impacto se explica por la activación constante de mecanismos fisiológicos de estrés, como el aumento sostenido del cortisol, que afecta múltiples sistemas del organismo. Así, la hostilidad laboral deja de ser un problema individual para convertirse en un asunto de salud pública y organizacional.
En el ámbito institucional, los efectos también son evidentes. La hostilidad reduce la motivación, incrementa el ausentismo, deteriora el clima laboral y afecta la productividad. Cuando el maltrato se normaliza y no existen canales seguros para denunciar, se perpetúan dinámicas de abuso que terminan dañando tanto a las personas como a las propias organizaciones.
Este escenario se relaciona estrechamente con el síndrome de burnout o desgaste profesional, una respuesta al estrés laboral prolongado caracterizada por agotamiento emocional, despersonalización y pérdida del sentido de realización. El trabajador se siente exhausto, desmotivado y desconectado de su labor, lo que impacta directamente en la calidad del trabajo y en su salud integral.
Uno de los mayores obstáculos para enfrentar el acoso laboral es su carácter sutil. Muchas conductas hostiles no son abiertamente agresivas: se manifiestan a través de la exclusión, la descalificación indirecta, la sobrecarga injustificada o la invisibilización del trabajador. Al no dejar marcas visibles, suelen minimizarse o justificarse, lo que facilita su repetición y prolongación en el tiempo.
El respaldo legal en la República Dominicana
En el país, la hostilidad laboral no solo constituye un problema ético, sino también una vulneración de derechos fundamentales. El Código de Trabajo establece la obligación del empleador de garantizar condiciones que respeten la dignidad humana y prohíbe todo acto que atente contra la integridad moral del trabajador.
Asimismo, la ley reconoce como causa justificada de dimisión los actos de violencia, injuria o malos tratos, lo que brinda respaldo legal a quienes enfrentan situaciones persistentes de hostilidad. La Ley de Seguridad Social refuerza esta protección al reconocer la relación directa entre condiciones laborales inadecuadas y el deterioro de la salud física y mental.
Frente a esta realidad, resulta impostergable actuar en varios niveles. A nivel individual, documentar las conductas hostiles y buscar apoyo psicológico y legal. A nivel institucional, establecer protocolos claros de prevención, atención y sanción del acoso laboral. Y a nivel del sistema laboral, garantizar la aplicación efectiva de la normativa vigente.
La violencia psicológica en el trabajo no desaparece con el silencio; se fortalece. Defender un ambiente laboral sano no es confrontar, es ejercer un derecho. El trabajo debe volver a ser un espacio de desarrollo, respeto y dignidad, nunca una fuente de sufrimiento silencioso.


