
La crisis reciente en el estrecho de Ormuz por donde circula cerca de una quinta parte del petróleo global— ha enseñado que la energía responde a una red frágil de infraestructuras, contratos y expectativas. Cuando una parte de esa red se rompe, el tiempo de reparación se mide en meses o incluso años.
The Economist ha advertido que, incluso en el mejor de los escenarios —un acuerdo político que garantice la reapertura total del estrecho— la normalización del mercado de combustibles será lenta. La razón es que el cierre de Ormuz no solo interrumpe el tránsito; sino que desordena toda la cadena de suministro.
Durante los días de bloqueo, decenas de buques quedaron varados o fueron redirigidos a rutas más largas y costosas. Las refinerías, privadas de suministros regulares, tuvieron que operar con inventarios reducidos o mezclas alternativas. Los contratos de entrega —base invisible del comercio energético— se incumplieron bajo cláusulas de fuerza mayor.
Cuando el paso se reabra, ese sistema no volverá automáticamente a su estado anterior, de acuerdo al análisis de la publicación británica. Habrá un efecto de embotellamiento, de reajuste logístico, el cual puede prolongarse durante semanas.
El cuello de botella
El gas revela una vulnerabilidad más profunda. El ataque a instalaciones clave en Ras Laffan , Catar—el mayor complejo de gas natural licuado del mundo— no solo detuvo exportaciones sino que redujo la capacidad productiva global. Se estima que alrededor del 17 % de la capacidad de GNL del país quedó fuera de operación, y algunas reparaciones podrían tardar entre tres y cinco años.


