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El calor extremo, una realidad que ya no podemos ignorar

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Por: Leydi Vásquez.-

 

El calor dejó de ser hace tiempo una simple característica del clima tropical. Las altas temperaturas que experimentamos cada vez con mayor intensidad están modificando la rutina de miles de personas y poniendo a prueba nuestra capacidad para enfrentar condiciones climáticas que pueden tener consecuencias importantes para la salud y la calidad de vida.

En República Dominicana, hablar de calor parece algo cotidiano. Sin embargo, no debería convertirse en una razón para restarle importancia a sus efectos. Cuando las temperaturas se mantienen elevadas durante largos períodos, aumenta el agotamiento físico, la deshidratación y el riesgo de complicaciones, especialmente entre niños, envejecientes y personas que realizan actividades al aire libre.

Pero el impacto del calor va mucho más allá de una recomendación de tomar agua o evitar exponerse al sol. Pensemos en quienes trabajan diariamente bajo temperaturas extremas: obreros de la construcción, agricultores, vendedores ambulantes, agentes de tránsito, motoconchistas y tantos otros trabajadores que no tienen la posibilidad de refugiarse en un espacio climatizado.

Para ellos, el calor no es simplemente una incomodidad. Es parte de una jornada laboral que puede convertirse en un verdadero desafío.

También existe una dimensión económica que pocas veces se aborda. No todas las familias dominicanas tienen las mismas posibilidades para protegerse de las altas temperaturas. Mientras algunos pueden mantener un aire acondicionado encendido durante buena parte del día, otros deben conformarse con un abanico y soportar el calor dentro de viviendas con poca ventilación.

Y cuando llegan los apagones, la situación se vuelve todavía más difícil. El calor continúa, pero desaparecen las pocas alternativas que muchas familias tienen para enfrentarlo. A esto se suma el costo de la electricidad, que obliga a más de uno a pensarlo dos veces antes de utilizar durante varias horas los equipos de refrigeración.

Por eso, las altas temperaturas también pueden convertirse en una expresión de desigualdad. El termómetro puede marcar la misma temperatura para todos, pero sus consecuencias no son iguales para quien trabaja bajo el sol que para quien permanece en una oficina climatizada; tampoco para quien tiene los recursos para mantener su hogar fresco que para quien apenas puede cubrir sus necesidades básicas.

Frente a esta realidad, las recomendaciones de las autoridades son necesarias, pero no suficientes. Se requiere también fortalecer la educación sobre los riesgos del calor, proteger a los trabajadores expuestos, mejorar las condiciones de los espacios públicos, promover más áreas verdes y desarrollar políticas que permitan a las comunidades enfrentar de mejor manera los períodos de temperaturas extremas.

El cambio climático también obliga a mirar este fenómeno con mayor seriedad. Las altas temperaturas no deberían ser vistas únicamente como episodios pasajeros, sino como parte de una realidad ambiental que exige preparación y responsabilidad.

El calor no podemos evitarlo, pero sí podemos reducir sus consecuencias.

Y quizás la pregunta que deberíamos hacernos no es solamente cuánto marcará el termómetro mañana, sino qué estamos haciendo como sociedad para que las altas temperaturas no sigan convirtiéndose en una amenaza para la salud, el trabajo y la calidad de vida de nuestra gente.

Porque el calor puede ser natural, pero que sus consecuencias recaigan con mayor fuerza sobre quienes tienen menos recursos no debería ser considerado normal.

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