Opinión

Congreso Nacional de Educación Dominicana: Reforma, Calidad e Integración.

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Por: Cándido Almanzar•

 

 

¿Hacia una nueva arquitectura educativa para la República Dominicana?

Las grandes transformaciones educativas de las naciones no surgen por casualidad ni por decisiones improvisadas. Han sido el resultado de reformas estructurales, debates amplios y consensos sociales que reconocen en la educación el principal motor del desarrollo humano, económico y democrático. La República Dominicana no ha sido ajena a este proceso.

Desde el Plan Decenal de Educación, pasando por la Ley General de Educación 66-97 y la creación del Ministerio de Educación Superior, Ciencia y Tecnología mediante la Ley 139-01, el país ha impulsado importantes reformas orientadas a ampliar la cobertura, profesionalizar la docencia, fortalecer la institucionalidad y elevar la calidad del aprendizaje.

El propio Pacto Nacional para la Reforma Educativa 2014-2030 reafirmó la necesidad de modernizar el sistema, fortalecer la evaluación y articular políticas educativas coherentes desde la educación inicial hasta la superior.
Sin embargo, toda reforma educativa permanece incompleta cuando persisten desafíos de articulación entre los distintos niveles del sistema.

Precisamente en este contexto emerge uno de los debates más trascendentes de las últimas décadas: la eventual integración o unificación del Ministerio de Educación (MINERD) y el Ministerio de Educación Superior, Ciencia y Tecnología (MESCYT).
La discusión no es menor. El MINERD administra la educación preuniversitaria y concentra gran parte de la política pública educativa nacional, mientras el MESCYT regula la educación superior, la investigación científica y el desarrollo tecnológico del país. La propuesta gubernamental ha sido presentada como parte de un proceso de modernización administrativa y de articulación del sistema educativo nacional.

No obstante, unir dos ministerios va mucho más allá de fusionar estructuras burocráticas. El verdadero desafío reside en armonizar culturas institucionales, competencias técnicas, marcos legales y prioridades presupuestarias profundamente distintas.

La educación escolar y la educación superior poseen dinámicas propias, ritmos diferentes y actores con expectativas diversas.
Entre las preguntas inevitables figuran: ¿puede un ministerio único atender con igual eficacia la primera infancia, la educación básica, la formación docente, la universidad, la investigación científica y la innovación tecnológica? ¿Cómo evitar que alguno de estos ámbitos pierda prioridad política o presupuestaria? ¿Cuál sería el modelo de gobernanza más adecuado para preservar la autonomía universitaria y, al mismo tiempo, fortalecer la continuidad del sistema educativo?
Las experiencias internacionales ofrecen enseñanzas valiosas.

Existen países con ministerios integrados y otros con estructuras diferenciadas. En naciones como Finlandia y Singapur, los modelos privilegian una visión sistémica y articulada de la educación, donde la transición entre niveles formativos responde a políticas nacionales coherentes y de largo plazo. En otros contextos, particularmente en diversos países de América Latina y Europa, la existencia de organismos especializados para la educación superior ha procurado preservar la complejidad técnica, la investigación y la autonomía universitaria.

No existe, por tanto, un modelo universalmente perfecto. Organismos internacionales como la UNESCO han insistido en que la calidad de la gobernanza educativa depende menos de la forma administrativa y más de la claridad institucional, la continuidad de las políticas públicas y la participación efectiva de los actores del sistema.

La propia discusión dominicana ha entrado en una nueva etapa. El Estado, a través de una comisión designada mediante decreto presidencial, ha anunciado la realización de consultas, foros y espacios de diálogo en distintas regiones del país, convocando a representantes del sector educativo, empresarial, profesional y social, con el propósito de escuchar propuestas y construir consensos sobre el futuro del sistema educativo nacional. Este esfuerzo reconoce que una transformación de tal magnitud no puede reducirse a una decisión administrativa, sino que requiere participación, escucha y visión compartida.

En ese contexto, cobra aún mayor pertinencia la celebración de un Congreso Nacional de Educación Dominicana: Reforma, Calidad e Integración. Más que un evento académico aislado, este congreso podría constituirse en la gran síntesis nacional del proceso de consulta y deliberación democrática, donde converjan y se presenten formalmente las propuestas surgidas de los diferentes foros regionales y de los diversos actores de la vida nacional.
Universidades, gremios docentes, especialistas, organismos internacionales, sector empresarial y Estado tendrían así la oportunidad de examinar con rigor técnico los beneficios, riesgos y alternativas de cualquier reforma estructural, colocando en el centro la calidad educativa, la continuidad institucional y el interés superior de la nación.

El futuro educativo de la República Dominicana merece un debate sereno, sustentado en evidencias y alejado de simplificaciones ideológicas o coyunturas políticas. Las reformas duraderas no se imponen; se construyen mediante conocimiento, diálogo y visión de Estado.
Porque la verdadera pregunta no es únicamente si debemos tener uno o dos ministerios.

La interrogante esencial es si estamos preparados para convertir esta coyuntura histórica en la oportunidad de construir, entre todos, un sistema educativo verdaderamente integrado, pertinente y de calidad, capaz de acompañar al ciudadano dominicano desde la primera infancia hasta la generación de conocimiento, innovación y desarrollo nacional.

•Gestor universitario.
54 años al Servicio de la Educación Dominicana 1972 – 2026.

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