
Por: Rafael A. Escotto
El discurso del honorable señor presidente de la República, Licenciado Luis Rodolfo Abinader Corona en la conmemoración del 75 aniversario de las Naciones Unidas (ONU) podría calificarse de mesurado, esperanzador, remozado de juventud, armonizador de voluntades hacia la búsqueda de un espíritu de concordia entre las naciones que forman el concierto de esa organización, cuyos fundamentos se enmarcan a alentar y promover el multilateralismo en las relaciones entre los pueblos, evitando en lo posible aquellas actuaciones que restringen y dificultan las alianzas regionales.
En su oratoria, pronunciada de forma virtual por la pandemia del coronavirus que mantiene distanciadas las relaciones sociales directas, el presidente dominicano señaló rutas políticas conciliadoras y abogó por un replanteamiento económico y financiero que en vez de debilitar las acciones de la ONU la fortalezca y lo hizo sin disimulo desde un país que ocupa un asiento no permanente en el Consejo de Seguridad e igualmente como nación firmante de la Carta constitutiva de la Naciones Unidas firmada un 26 de junio de 1945 en San Francisco, entrando en vigor el 24 de octubre del mismo año.
Vale decir, que su intervención en ese conclave internacional, en modo alguno, fue la de un novicio que entra por primera vez a un monasterio de avezados políticos mundialistas.
Sus palabras, en cambio, se parecieron a la de un presidente acostumbrado a la oratoria eminente, si se quiere, similar en su contenido a aquella memorable y elocuente intervención del expresidente Joaquín Balaguer durante la Cumbre de Presidentes en España llamando a la solidaridad a los pueblos del mundo expresadas en presencia del rey de España Juan Carlos I y de otros presidentes de países del hemisferio, cuyos rostros lucían perplejos admirando la erudición de aquel Napoleón antillano de verbo engrandecido.
Traigo este acontecimiento en España, lejos de simpatía o antipatía hacia Balaguer, porque allí no solo se reconoció el talento y la memoria prodigiosa del exjefe de estado ya fallecido, también brilló el país, similar a lo acontecido en una ocasión, en pleno paraninfo de la Universidad de Madrid, España, cuando el joven Federico García Lorca, quien a sus dieciochos años de edad impresionó con su cátedra juvenil y grandiosidad literaria a la rancia intelectualidad española de la época.
Debo decir, lejos de que mis palabras puedan parecer lisonjeras, que el presidente Abinader Corona no necesita de la voz dulce de un halagador que lo ensalce puesto a que él tiene suficiente estatura para elevarse por sus propias virtudes profesionales, morales y éticas aun cuando le hablaba al mundo desde la comodidad de su Casa presidencial en Santo Domingo.
En la ONU el joven jefe de estado dominicano quiso ser y lo consiguió con extremada facilidad, articulando un discurso virtual que, si bien no fue enteramente político, y no tenía por qué serlo de ninguna manera, porque el discurso político tiende a ser antagónico y teatral, el presidente se convirtió en un mensajero de la paz en un momento en que el mundo se halla en el umbral de grandes conflictos y de contradicciones ideológicas, de fanatismos políticos y religiosos que intentan corroer el multilateralismo, como la carcoma que llena de desalivios la madera más vigorosa.
El honorable señor presidente Luis Rodolfo Abinader Corona pudo haber lucido en su discurso un Quijote solitario hablándole a la luna de educación, de salud, de coexistencia pacífica entre las naciones, de solidaridad y de desarrollos, cuestiones estas que para algunos políticos y gobernantes recelosos de la democracia pudieran parecerles frases majaderas dichas frente a unos molinos de viento.
Sin embargo, para los hombres de fe, que todavía aparecen sobre la Tierra, talvez olvidan una frase de aquel hidalgo caballero: «Son mis leyes el deshacer entuertos, prodigar el bien y evitar el mal. Huyo de la vida regalada, de la ambición y la hipocresía, y busco para mi propia gloria la senda más angosta y difícil. ¿es eso de tonto y mentecato?»
Cabe decir, que la oratoria del presidente Luis Abinader Corona, quien se veía dominando sus propias fuerzas, dueño absoluto de la atención de la audiencia en el aniversario setenta y cinco de la ONU, tuvo la grandeza de la voz misteriosa que en la literatura se dice anima a las naciones desde lo alto a regresar a los compromisos de San Francisco que le dieron originen a la Organización y a los cuales la República Dominicana estuvo allí entre las primeras naciones que se adhirieron estampando su firma, libre y voluntariamente, para que la paz y la solidaridad reinen entre los pueblos del mundo.
Para que las naciones, pareció insinuar en su discurso el jefe de estado dominicano, logren sobrevivir a la barbarie creada por las guerras, el odio, la discriminación racial y étnica, la lucha desmedida por dominios territoriales y de control de los mercados internacionales, entre otros desaciertos humanos, económicos y políticos, deben avenirse, sobre todo las potencias, a formular arreglos que impidan que las naciones periféricas no sufran los rigores del control de los mercados por unos cuantos países colocados en los centros de poder económicos y políticos.
Pensemos y valoremos con la misma fuerza de su discurso, lo que destacó el presidente Abinader y a la vez hagamos votos de solidaridad con sus palabras conscientes de que el país en esta oportunidad ha tomado el camino político y moral correcto:
«los retos de nuestro tiempo requieren soluciones complejas, por lo que los países deben trabajar juntos en la búsqueda de soluciones y oportunidades compartida», y asimismo hizo hincapié que la ONU es una plataforma que permite a los países «ricos y pobres, grandes y pequeños hacer oír su voz».
Recapacitemos sobre estos desafíos que penden como la espada de Damocles sobre nuestra sociedad, como serian: energía para un desarrollo sostenible mencionado por el presidente Abinader en otro contexto político, la cuestión medioambiental que invita a producir bienes industriales amigables, tanto con la naturaleza, como con las personas, y los cambios climáticos. No debemos olvidar que las sociedades se hallan navegando las aguas frescas que trajo la Era digital que son retos para las ciencias y de la tecnología de la información que contribuyen en las colaboraciones cada vez más productivas con las ciencias humanas y las sociales.
En las palabras del presidente Abinader Corona, estos desafíos deben entenderse como la definición y la resolución de problemas relacionados con la digitalización o sus consecuencias para todos los aspectos de la vida social: las relaciones internacionales, las relaciones entre el individuo y el medio ambiente, el mundo socioeconómico y la organización del trabajo.
El país debe beneficiarse de un sistema de salud global eficaz en todos los niveles, como son: cuidados, organización, haciéndolos accesible a todos los ciudadanos sigue siendo una prioridad de nuestra sociedad actual. El presidente dominicano urgió a darle respuesta a estas esperanzas de la sociedad ofreciéndole soluciones, conceptuales, metodológicas, adaptadas viene siendo un desafío de cada día que hace necesaria los progresos en numerosos campos de la salud y de la biogenética.
Como expreso en mandatario en su discurso virtual que comentamos aquí, los desafíos son grandes y múltiples para todas las sociedades, especialmente la solución del impacto medioambiental, la conservación de la conectividad de la industria del transporte, las políticas de desplazamiento y de movilidad. El país y el mundo debe poner oído a esta predica del presidente Luis Rodolfo Abinader Corona.


