Opinión

Cuando la historia cambia de velocidad

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Por: Dr. Roberto Fulcar*

“Hay décadas en las que no pasa nada; y hay semanas en las que pasan décadas.”

La frase atribuida a V. I. Ulianov (Lenin) suele circular como una ocurrencia brillante, pero su fuerza no está en el brillo: está en la exactitud. No describe un episodio puntual ni pertenece solo a una tradición ideológica. Nombra algo más incómodo y, a la vez, más real: la historia no avanza siempre al mismo ritmo. El tiempo histórico es desigual, irregular, a ratos lento y casi silencioso; a ratos vertiginoso, como si el reloj social se acelerará de golpe y comprimiera en días lo que parecía reservado a generaciones.

Esa idea abre la película Colosio, dirigida por Carlos Bolado. La cita aparece en los primeros segundos (00:23–00:31) y cumple una función precisa: educar la mirada del espectador. No se trata de explicar a Lenin ni de anticipar una tragedia conocida, sino de advertir que lo que se va a narrar pertenece a uno de esos momentos en los que el tiempo político cambia de velocidad. La historia, sugiere el filme desde el umbral, ha dejado de caminar a paso regular.

Durante largos períodos —las décadas en las que “no pasa nada”— las sociedades se acostumbran a la repetición. Se reiteran actores, reglas, discursos; las instituciones se vuelven rutina; el poder se prolonga y termina creyendo que durar equivale a ser legítimo. La estabilidad, entonces, deja de ser una condición y se convierte en un relato: una especie de promesa de normalidad que tranquiliza a quienes mandan y adormece a quienes obedecen. Pero esa calma no significa ausencia de historia. Al contrario: en la aparente quietud se acumulan tensiones, agravios, desigualdades persistentes, expectativas frustradas, distancias crecientes entre ciudadanía e instituciones. La historia no se detiene; se carga, como una nube que se oscurece lentamente.

Llega un punto, sin embargo, en que esa acumulación se vuelve insostenible. Y entonces sucede algo decisivo: el cambio deja de ser gradual y se vuelve abrupto. No siempre se anuncia con estruendo; a veces se desencadena por un hecho que actúa como chispa. Pero lo determinante no es la chispa, sino el material acumulado. En esos momentos, lo que ocurre pesa más que lo que suele ocurrir. No es que haya más noticias; es que las noticias alteran el marco mismo en el que la sociedad entiende su presente. Se quiebran certezas, se desploman respetos, el poder pierde su aura de inevitabilidad. Son esas semanas en las que, efectivamente, “pasan décadas”.

El asesinato de Luis Donaldo Colosio, ocurrido en Lomas Taurinas, Tijuana, se inscribe en ese tipo de instante histórico. Más allá del crimen —que no es aquí el centro—, su significado reside en haber condensado en un solo momento procesos largos y latentes del sistema político mexicano. No fue únicamente una tragedia personal ni un episodio policial: fue un evento-síntesis, un punto de inflexión que reveló hasta qué punto el tiempo político había entrado en fase de aceleración. Cuando la historia cambia de velocidad, ciertos hechos dejan de ser hechos y se convierten en símbolos: no solo suceden, sino que reordenan la manera en que una sociedad interpreta su pasado y sospecha su futuro.

La película Colosio sugiere esta lectura desde el comienzo, precisamente con la frase atribuida a Lenin. Al hacerlo, desplaza el foco del “qué pasó” hacia una pregunta más exigente: ¿qué tiempo era ese? Porque entender una aceleración histórica no es acumular datos, sino captar el cambio de ritmo: el momento en que la normalidad deja de explicar, en que el relato institucional se vuelve insuficiente, en que el futuro aparece de pronto como una disputa abierta.

Esta lección trasciende el caso mexicano y el contexto ruso del que proviene la cita. De hecho, ilumina una fragilidad recurrente en los sistemas políticos: suelen fallar no por falta de información, sino por mala lectura del tiempo. Confunden control con legitimidad, duración con vigencia, estabilidad con justicia. Creen disponer de décadas cuando la historia ya ha entrado en semanas decisivas. Y cuando eso ocurre, no decidir también es una forma de decisión: postergar reformas, minimizar alertas, administrar tensiones como si fueran rutinas, repetir mensajes como si fueran puentes.

En esos tránsitos de velocidad, el liderazgo se vuelve crucial. No el liderazgo de la consigna, sino el de la lectura fina: el que entiende cuándo aún es posible reformar sin ruptura y cuándo la inercia ya no es estabilidad, sino atraso. La ausencia de liderazgo ético no detiene la aceleración; la vuelve errática, más costosa y más dolorosa. Y en sociedades atravesadas por medios instantáneos y redes que multiplican emociones, el tiempo puede acelerarse todavía más: lo que antes tardaba años en madurar, hoy puede desbordarse en semanas.

Por eso conviene tomarse en serio la frase que abre Colosio. No como cita culta ni como gesto cinematográfico, sino como advertencia política y cívica. Las décadas tranquilizan. Las semanas revelan. Y cuando la historia revela lo que estaba oculto, ya no acepta explicaciones tardías ni reformas aplazadas. Conviene sobre todo con lo que está ocurriendo esta semana en nuestro continente, el secuestro en Venezuela, de Nicolás Maduro por parte de los Estados Unidos de Norteamérica. La historia, cuando cambia de velocidad, no espera a nadie.

Simplemente, irrumpe.

*El autor es maestro, consultor, autor, activista social y político dominicano.

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