
Por: Pablo Vicente
El pasado 27 de febrero, en pleno desfile militar por la Independencia Nacional en la República Dominicana, ocurrió un hecho que muchos han querido reducir a una anécdota pintoresca: un grupo de mujeres tocó las partes íntimas de varios militares mientras estos marchaban en formación.
Las imágenes circularon rápidamente. Hubo risas. Comentarios jocosos. Memes. Pero casi ninguna condena seria.
Y eso, más que el hecho en sí, es lo verdaderamente preocupante.
No se trata de moralismo exagerado ni de dramatizar un episodio aislado. Se trata de coherencia. Se trata de principios. Se trata de la dignidad humana.
Hagamos un ejercicio simple: imaginemos que, en ese mismo desfile, un grupo de hombres hubiera tocado las partes íntimas de mujeres militares mientras desfilaban. ¿Habría sido tratado como una broma? ¿Se habría convertido en material de entretenimiento digital? ¿O estaríamos hoy frente a una ola de indignación nacional, comunicados oficiales y exigencias de sanción?
La respuesta es evidente.
Cuando la víctima es mujer —y con razón— la sociedad reacciona con firmeza. Cuando la víctima es hombre, muchos optan por trivializar el hecho. Esa es la doble moral que debemos cuestionar.
El consentimiento no cambia según el sexo. La agresión no se redefine según quién la comete. Tocar el cuerpo de otra persona sin autorización, y más aún en sus partes íntimas, es una vulneración a su dignidad, independientemente de si quien agrede es mujer y quien recibe la agresión es hombre.
La igualdad no puede ser selectiva.
Si aspiramos a una cultura de respeto, no podemos sostener estándares distintos según convenga a determinadas narrativas. Defender la dignidad de la mujer frente al acoso es una causa justa y necesaria. Pero esa defensa pierde fuerza cuando no somos capaces de aplicar el mismo principio en sentido inverso.
La escena ocurrió, además, en un acto oficial del Estado, en un contexto de solemnidad y representación institucional. Los militares no estaban en un espectáculo; estaban cumpliendo una función protocolar, representando disciplina, orden y compromiso con la nación. Convertir ese momento en objeto de burla y contacto indebido no es un gesto simpático; es una falta de respeto.
Me preocupa, sobre todo, la normalización. Cuando la sociedad ríe ante una conducta impropia, envía un mensaje: “esto es tolerable”. Y lo tolerable, tarde o temprano, se repite.
No se trata de criminalizar sin ponderación ni de pedir sanciones desproporcionadas. Se trata de llamar las cosas por su nombre. Se trata de afirmar que el respeto al cuerpo ajeno no depende del género, del contexto ni de la simpatía social que despierte la víctima.
La verdadera igualdad no consiste en intercambiar roles en el abuso. Consiste en erradicarlo.
Si queremos una sociedad madura, debemos abandonar la comodidad de la doble moral. La dignidad no es patrimonio exclusivo de un sexo. Es un valor universal.
Y el respeto, si es auténtico, no puede desfilar solo cuando nos conviene.

