
Por: José Rafael Vargas Comprés
Hubo un tiempo en que la cercanía no se medía en metros, sino en confianza.
Los vecinos se conocían por nombre, se cuidaban los hijos unos a otros, y una conversación en la galería podía durar horas. La vida no era perfecta, pero había algo que hoy escasea: sentido de comunidad.
¿Qué nos pasó?
Sin darnos cuenta, fuimos cambiando. El “nosotros” empezó a ceder espacio al “yo”. Ya no sabemos quién vive al lado, pero sí qué tiene. Dejamos de compartir para empezar a compararnos.
En la República Dominicana esto se ve en lo cotidiano:
En el vecino que nunca saluda,
en la música alta sin importar al otro,
en la basura que se lanza a la calle como si no fuera de nadie,
en la fila que se irrespeta porque “lo mío va primero”.
Pequeños actos que dicen mucho.
No ha sido de golpe. Fue un proceso. La vida moderna, el ritmo acelerado y, en parte, una cultura de consumo que nos empuja a desear más de lo que necesitamos, fueron desplazando lo esencial. Empezamos a medirnos por lo que mostramos, no por cómo convivimos.
Pero el problema no es consumir. Es olvidar.
Olvidar que el bienestar real no se construye en solitario. Que ninguna sociedad se sostiene cuando cada quien jala hacia su lado. Que el progreso, si no es compartido, termina siendo frágil.
Volver al “nosotros” no es romanticismo. Es necesidad.
Es volver a mirar al otro, a reconocerlo, a entender que convivir no es coincidir, pero sí respetar. Que el cambio no empieza en las grandes decisiones, sino en los pequeños gestos que reconstruyen la confianza.
Porque al final, una sociedad no se define por lo que tiene…
sino por lo que es capaz de sostener en conjunto.
Décima finales al estilo del incomparable Huchi:
Antes la puerta era abierta,
y el vecino era familia,
hoy la prisa nos exilia
y la cercanía muerta.
La apariencia se despierta,
y el deseo marca el paso,
cada quien en su pedazo
sin mirar al que está al lado,
y en un mundo tan poblado…
cuanta falta hace un abrazo.


