
La desaparición de menores y la incertidumbre que desgarra a familias que viven aferradas a respuestas que nunca llegan
Por: José Rafael Vargas Comprés
El mundo sigue girando y, con él, ese país que cada mañana vuelve a encontrarse bajo el mismo trayecto del sol. Un país envuelto en el dinamismo del día a día, en el afán que agobia y en la prisa que, involuntariamente, termina empujando al olvido preguntas que todavía duelen en el alma.
Por ejemplo:
¿Dónde están los niños que faltan?
Mientras el tiempo se disfraza de villano, nacen leyendas urbanas que golpean de manera cruel el enigma ya sembrado. El consuelo no encuentra componte y se desvanece cada vez que recordamos cómo fueron arrancadas de nuestras vidas aquellas miradas inocentes que apenas comenzaban a soñar.
Cada niño desaparecido es una silla vacía en su hogar, una pregunta sin respuesta en la sociedad y una herida que el tiempo no logra cerrar. Brianna, Roldany, Andy Daniel, Carla Massiel y muchos más, no son estadísticas, son nombres que aún resuenan en la memoria del país y que aún habitan en la memoria de quienes los aman. Son mochilas colgadas detrás de una puerta que nadie se atreve a mover, camas que permanecen intactas y cumpleaños que pasan sin comer del pastel. El silencio se apodera de cada hogar donde falta un niño; el tiempo se vuelve cangrejo: no avanza, se estanca. Afuera, la vida sigue su curso, pero dentro todo se detiene, y ellos se hunden en la amarga espera de respuestas que nunca terminan de llegar.
Hemos perdido no solo la capacidad de asombro, sino también la empatía. Vivimos en un carnaval de temas donde cada novedad sepulta a la anterior, y el pasado termina reducido a un ayer que se desvanece en el olvido. Nos queda elevar una plegaria al cielo para recuperar la conexión con nuestra parte más humana, mientras aguardamos que quienes tienen autoridad en la tierra asuman, sin demora, las medidas que esta realidad exige y actúen con verdadero pragmatismo y eficiencia.
No permitamos que se escriba otra página en blanco en la historia de más familias. Convidamos a trabajar por una sociedad con un propósito mancomunado: familia, comunidad y Estado. Seamos todos protagonistas; apostemos por la prevención para que estos casos no se conviertan en una cultura cruel marcada por la incertidumbre y el dolor.
A quienes hoy atraviesan este momento, no están solos. Y a las autoridades competentes, el recordatorio es claro: estos casos no pueden abandonarse. Es urgente actuar, dar seguimiento y crear mecanismos reales de acompañamiento para las familias, porque la falta de respuestas no solo duele, también alimenta la desesperación.
Por eso, la pregunta sigue en pie, golpeando la conciencia de todos:
¿Dónde están los niños que faltan?


