Opinión

ECO DESDE EL MONUMENTO: Mis recuerdos de San Juan de la Maguana

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Por: Rafael a. Escotto

 

Me sorprendí ver y oír al honorable señor presidente de la República, Luis Rodolfo Abinader Corona, declarar en emergencia y anunciar un programa ambicioso de inversión para sacar a San Juan de la Maguana del estado de pobreza y deterioro. 

 

Conocí a San Juan siendo una provincia de hombres y de mujeres laboriosos, con una agricultura  rica y variada, hasta el extremo que le llaman «El granero del Sur». Recuerdo que me trasladé desde el Aeropuerto Internacional de Las Américas a San Juan de la Maguana en una avioneta privada. Llegamos a eso de las 5 de la tarde. 

 

Al leer la nota periodística me asaltaron los recuerdos cuando vine desde Nueva York, muy joven aun, como parte del equipo de profesionales norteamericanos que tuvo a su cargo la construcción de la presa de Sabana Yegua, sobre el cauce del rio Yaque del Sur, al noroeste de Azua de Compostela.

 

Las oficinas administrativas de la constructora estadounidense, administradas por este articulista, estaban ubicadas, en su comienzo, en el segundo piso de un pequeño edificio denominado Ramírez. Los ingenieros ejecutivos de la obra, la mayoría de ellos de Texas, estaban hospedados en el hotel Maguana. Luego se construyó el denominado «barrio de los americanos». 

 

Alquilamos una casa construida de madera que quedaba casi al frente del Edificio Ramírez, en la esquina opuesta; fue equipada para servir de cocina y comedor a la cual solo teníamos acceso los americanos. 

 

Yo nunca había estado antes en San Juan. Temprano en la mañana desayunamos y, entonces, vino la presentación de mi persona a los ingenieros de la obra. Estuvo como contrapartida de la presa en representación del Estado dominicano la empresa de ingenieros consultores italiana Italconsult, S.A., con oficinas en Roma, y cuya empresa había estado en Santiago de los Caballeros, según supe, construyendo el sistema de alcantarillado pluvial.

 

Del hotel Maguana nos mudamos al complejo denominado «barrio de los americanos».  Me reuní con el general del ejército nacional dominicano a cargo de la tercera brigada, fortaleza San Juan, creo que se llamaba Elio Osiris Perdomo, para coordinar la movilización de los equipos y evitar interrupciones. 

 

Estuvo a mi cargo, como administrativo, la contratación de cientos de obreros, ingenieros auxiliares dominicanos, topógrafos, tractoristas, conductores de excavadoras, listeros, secretarias y, además, el traslado del pueblo de Sabana Yegua a donde está hoy. Anteriormente estaba al sur de San Juan, después de cruzar Villarpando, pasando el cruce El Corozo.

 

Los sanjuaneros son personas amigables, lo que me facilitó que hiciera buenas relaciones con todos los sectores sociales y de poder económico y político de San Juan. Los ingenieros norteamericanos y yo compartíamos mucho con el pueblo a todos los niveles sociales. El San Juan que conocí en aquella época lo integraba gente muy afable y sus calles siempre lucían limpias.

 

En una ocasión el presidente Balaguer quería saber cómo iba desarrollándose la obra y el ingeniero en jefe de la presa, estadounidense al igual que yo, fuimos a darle un reporte detallado sobre los avances de la misma.  Me correspondió a mí  hacer la exposición inicial en español y traducirle al ingeniero en jefe los aspectos técnicos. 

 

Terminada la reunión, el presidente me preguntó que de dónde era yo oriundo. Y le dije que había nacido en Santiago de los Caballeros al igual que él y que doña Emma, su hermana, fue mi madrina, me bautizó en la iglesia San José, de Santiago de los Caballeros.  

En la reunión con el presidente Balaguer estuvo presente don Manuel de Jesús  Estrada Medina (don Manolo), a quien volví a ver en Nueva York siendo este cónsul. Don Manolo falleció en aquella ciudad y me tocó estar al lado del amigo en el momento de su deceso, junto a su hijo médico y oficial del ejército dominicano, Manolito Estrada.

 

Como el presidente Balaguer en esa época tenía su visión en perfectas condiciones, recuerdo que me dijo: «Me alegra sobremanera que un compueblano mío haya progresado en los Estados Unidos y que también se haya hecho abogado en esa gran nación que yo admiro». A lo que respondí: «Gracias, presidente, trato de ser como usted». El presidente Balaguer me dijo estas palabras: «Si algún día deseas regresar al país y yo sigo siendo presidente me gustaría que ocuparas un puesto de importancia en mi gobierno».

 

Muchos años después, terminada la presa, le visité para darle mis saludos en su casa de la Máximo Gómez y me designó, sin pedírselo, miembro de la Comisión Nacional de Desarrollo, que él presidia, en donde se debatían los problemas nacionales. También se juramentó ese mismo día mi amigo, ya fallecido, Felipe Neris Cordero. Cada vez que visité al presidente Balaguer en su casa siempre me saludó con afecto.

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