Opinión

El currículo dominicano ante la inteligencia artificial: simplificar no es transformar

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Por: Cándido E. Almánzar

En noviembre de 2020, durante la crisis de la COVID-19, publicamos en este periódico el artículo “Educación a distancia en República Dominicana: currículo simplificado versus currículo sintetizado”. Sosteníamos que reducir contenidos no significaba transformar el currículo.

Seis años después, el desafío ya no es el cierre de las aulas, sino la expansión de la inteligencia artificial. Esta realidad obliga a replantear qué enseñar, cómo hacerlo y para qué sociedad formamos a nuestros estudiantes.

Agregar asignaturas, dispositivos o plataformas inteligentes no basta. Sustituir libros por pantallas o explicaciones docentes por respuestas automáticas tampoco transforma la educación. Digitalizar prácticas tradicionales no equivale a transformar la educación.

Un currículo pertinente debe responder a las necesidades dominicanas, dialogar con los avances mundiales y organizar mejor los aprendizajes. Simplificar no significa empobrecer, sino superar la fragmentación, eliminar repeticiones y establecer prioridades formativas claras.

La Lengua Española y la Matemática deben conservar un lugar central. La comprensión lectora, la expresión oral y escrita, el razonamiento lógico y la resolución de problemas permiten acceder a la información, evaluarla y convertirla en conocimiento. Esto no implica abandonar las ciencias, las artes, la educación física, la historia, la ciudadanía, los valores ni el medioambiente, sino integrarlos mediante proyectos y situaciones concretas.

El país necesita reducir los aprendizajes superficiales y avanzar de la memorización a la comprensión, de la repetición a la investigación y de la acumulación de datos a la solución creativa de problemas.

En este marco, la incorporación del pensamiento computacional, la inteligencia artificial y otras competencias digitales es necesaria, siempre que la tecnología esté al servicio del aprendizaje y no se convierta en un fin.

La inteligencia artificial puede facilitar el acceso a la información, apoyar al docente y personalizar experiencias de aprendizaje. Pero también puede debilitarlo si se usa sin orientación. No basta con aprender a utilizarla: hay que comprenderla, cuestionarla y emplearla responsablemente. Una respuesta bien redactada no es necesariamente verdadera, y ninguna herramienta debe sustituir el juicio, la creatividad ni la responsabilidad humana.

El docente sigue siendo esencial

La inteligencia artificial no reduce la importancia del docente; la hace más evidente. Cuando las respuestas son instantáneas, se necesita quien oriente, contextualice, formule preguntas y acompañe el desarrollo intelectual y emocional del estudiante.

El maestro no debe competir con la máquina en velocidad, sino despertar la curiosidad, fomentar valores, estimular el pensamiento independiente e identificar las capacidades y dificultades de cada alumno.

Por eso, ninguna reforma curricular tendrá éxito sin formación y dignificación docente. No basta con entregar equipos o habilitar plataformas. Los educadores necesitan criterios para integrar críticamente la tecnología y decidir cuándo y cómo utilizarla.

También deben revisarse las evaluaciones. Si una plataforma puede redactar un ensayo o responder un cuestionario, la escuela debe valorar el proceso: cómo investigó el estudiante, qué fuentes consultó, cómo verificó la información y cómo defendió sus conclusiones.

Tecnología con sentido humano

La transformación digital también plantea un desafío de equidad. No todos los estudiantes dominicanos tienen conectividad, dispositivos adecuados o acompañamiento. Ignorar estas diferencias podría profundizar las desigualdades.

La alfabetización actual incluye buscar información, evaluar fuentes, distinguir hechos de opiniones, reconocer contenidos manipulados y actuar responsablemente en entornos digitales.

Esta formación debe sostenerse en una educación humanista. Cuanto más poderosas sean las máquinas, mayor será la importancia de la empatía, la solidaridad, la honestidad, la dignidad humana y el compromiso comunitario.

En 2020 afirmamos que la educación dominicana necesitaba un modelo propio, diseñado por dominicanos para responder a sus necesidades. Esa convicción permanece. Hoy debemos añadir que ese modelo debe dialogar responsablemente con la inteligencia artificial.

La escuela no debe recibir estos cambios con fascinación ingenua ni rechazo temeroso, sino con una duda metódica, no paranoica: explorar posibilidades, reconocer riesgos y establecer límites guiados por la ética y el bien común.

El currículo no será moderno por mencionar la inteligencia artificial, sino por preparar a los estudiantes para pensar por sí mismos en un mundo donde las máquinas también producen respuestas.

La tecnología puede acompañar este camino, pero no debe decidir el destino.

El autor es gestor universitario, educador y defensor de una pedagogía humanista y transformadora.

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