Opinión

La grandeza institucional se proyecta, se vive y se cuida

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Por:  J. Luis Rojas

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Seis razones para asumir la imagen pública como un compromiso ético y profesional.

La sinergia que se establece entre las organizaciones y sus colaboradores internos se reconoce como un proceso natural que fortalece la sostenibilidad, la cooperación y un clima laboral saludable. En este sentido, se ha demostrado que todo lo que una organización decide, hace y comunica puede beneficiar o perjudicar tanto su imagen pública como la de su talento humano, y viceversa.

¿Qué es la imagen pública institucional?

En el ámbito institucional, la imagen pública se concibe como un recurso estratégico de alto valor agregado que opera de manera transversal en todas las dimensiones de actuación organizacional. Representa el grado de coherencia entre la esencia institucional —sus valores, prácticas y cultura— y la forma en que estos elementos son percibidos por los diversos grupos de interés. Su adecuada gestión contribuye a la credibilidad, legitimidad, sostenibilidad y a la buena reputación de la organización.

La imagen institucional se entiende como la percepción colectiva que se forma en torno a la misión, los valores, los principios, la calidad de los productos y el buen servicio que ofrecen las organizaciones. Esta imagen se construye a partir de sus políticas, la cultura organizacional, los procesos, las normas y la comunicación. En todos los casos, la imagen pública busca proyectar excelencia, transparencia, innovación, ética y buenas prácticas.

En definitiva, para construir y mantener una imagen pública positiva, es esencial que todos los colaboradores se sientan comprometidos, empoderados y actúen como verdaderos embajadores de la organización. En cualquier ámbito, la imagen es un proceso complejo e integral que se configura día a día, en todo momento, lugar y circunstancia.

¿Qué es la imagen personal?

La imagen pública personal es un recurso estratégico y transversal que, bien gestionado, contribuye de manera decisiva a alcanzar logros y resultados en distintos escenarios. Para ello, es imprescindible conocer y manejar adecuadamente las fortalezas, debilidades, oportunidades y amenazas presentes en los contextos de interacción.

Cuando se busca que la imagen pública personal apoye el logro de metas significativas, resulta esencial cuidar cada paso que se da: lo que se dice, cuándo se dice y por qué canal se comunica. Del mismo modo, es fundamental atender la calidad del vínculo con los demás, la coherencia entre la comunicación verbal y no verbal, así como evaluar el impacto de las decisiones y actuaciones.

En términos generales, la imagen personal puede definirse como el conjunto de percepciones que los demás elaboran sobre un individuo a partir de su apariencia, comportamiento, estilo de comunicación y del grado de coherencia entre sus discursos y sus acciones. No se limita a la dimensión estética, sino que implica la proyección de identidad, valores, principios y credibilidad en los distintos contextos de interacción social y profesional.

En cambio, las organizaciones construyen y gestionan su propia imagen pública, entendida como la representación colectiva que diversos públicos formulan sobre ellas. Esta imagen se configura, comunica, comparte, actualiza y posiciona mediante un proceso continuo que integra componentes tangibles e intangibles. Dichos componentes permiten caracterizar, distinguir y visibilizar tanto a las instituciones como a las personas, influyendo en su legitimidad, reputación y capacidad de generar confianza.

Los seis componentes que logran sinergia entre la imagen institucional y la personal

Según una definición generada mediante consulta a la plataforma de inteligencia artificial Copilot de Microsoft (comunicación personal, 6 de febrero de 2026), la sinergia entre la imagen institucional y la imagen personal se refiere a la articulación coherente y complementaria entre la identidad que proyecta una organización y la que proyectan sus integrantes, generando un valor reputacional superior al que ambas podrían producir por separado. Esta convergencia potencia la credibilidad, la coherencia comunicativa y la legitimidad tanto de la institución como de quienes la representan.

La sinergia implica, además, la alineación entre los valores personales y los valores institucionales, así como la consistencia entre lo que se dice, se hace y se comunica. Exige coherencia y correspondencia entre el ser y el parecer. En otras palabras, la sinergia entre las organizaciones y sus colaboradores favorece una comunicación más clara y efectiva en todos los niveles, promueve equipos cohesionados y alineados con la misión institucional, y contribuye a un posicionamiento más coherente, sólido y sostenido.

Coherencia

Practicar la coherencia entre lo que se dice, se hace y se comunica es imprescindible para generar sinergia entre la imagen institucional y la imagen personal. La coherencia constituye la base de la credibilidad, y la conducta individual influye directamente en la percepción que se forma sobre la institución. Del mismo modo, la presencia digital debe reflejar profesionalismo y madurez emocional. En conjunto, la coherencia fortalece la confianza y consolida la reputación tanto personal como institucional.

Tono institucional

Para garantizar la sinergia entre las organizaciones y sus colaboradores, es imprescindible asegurar que éstos adopten el tono que distingue y caracteriza a la institución en cada momento, lugar e interacción. Por ejemplo, si la organización ha decidido proyectar excelencia, respeto y servicio, sus colaboradores deben reflejar estos atributos. El lenguaje y la actitud de cada colaborador forman parte esencial de la imagen pública de la organización a la que pertenecen.

Presencia digital

La presencia digital de los colaboradores influye directamente en su reputación, credibilidad e imagen pública, así como en la de la organización para la que trabajan. En este sentido, es fundamental cuidar la presencia digital como una extensión de la imagen personal e institucional.

Las redes sociales funcionan como una vitrina pública; por ello, es recomendable evitar publicaciones impulsivas y mantener siempre un estilo respetuoso. La coherencia entre lo que se comunica en línea y los valores que se representan fortalece tanto la reputación individual como la institucional.

Comunicación institucional

La comunicación institucional construye sentido, confianza y coherencia mediante mensajes y experiencias que expresan la identidad y la legitimidad de la organización. Asimismo, integra narrativa, cultura y tecnología para fortalecer la presencia pública y promover relaciones sostenibles.

En este marco, resulta fundamental desarrollar en los colaboradores internos habilidades comunicacionales alineadas con la cultura, los valores y los principios institucionales. De este modo, se garantiza la sinergia entre la imagen pública de la organización y la de quienes la representan.

Para evitar inconsistencias, es esencial prevenir la incongruencia entre la forma y contenidos de los mensajes que la institución y sus colaboradores elaboran y difunden, ya que cada interacción —interna o externa— puede reforzar o debilitar la identidad y la imagen institucional.

Embajador de la organización

Ser embajador de una organización implica conocerla, respetarla y asumir como propias su misión, visión, valores, procesos, políticas, normas y procedimientos. La ética y el apego institucional fortalecen la imagen colectiva. Resulta imposible representar dignamente a una organización cuando se desconocen sus atributos esenciales. En este sentido, la sinergia nace del sentido de pertenencia.

Un auténtico embajador habla siempre en positivo y con orgullo de su organización, país o marca. Además, mantiene una conducta ética incuestionable, representa a la institución con respeto y compromiso, cuida su imagen personal en todos los ámbitos y, sobre todo, conoce y practica las normas de conducta que orientan el accionar organizacional.

Cuando las organizaciones logran que sus colaboradores actúen como verdaderos embajadores, su reputación, su capital relacional y su imagen pública se fortalecen de manera significativa. No son todas las organizaciones que logran transformar sus colaboradores en fidedignos embajadores.

Compromiso institucional activo

Asumir y ejercer el compromiso institucional con pasión y entrega no es tan sencillo como suele decirse. El compromiso es una obligación, promesa o acuerdo que una persona asume ante sí misma, ante otros o ante una causa, implicando responsabilidad y dedicación para cumplir con lo pactado. En pocas palabras, el compromiso refleja madurez, responsabilidad y sentido de pertenencia.

En definitiva, trabajar más allá del salario, dar la milla extra, esforzarse por satisfacer las necesidades y expectativas de los clientes, mostrar empatía y creatividad en el entorno laboral, asumir tareas con actitud proactiva —incluso cuando no son obligatorias— y amar, respetar y cuidar la organización son evidencias poderosas del nivel de compromiso que una persona puede desarrollar con su institución.

La coherencia, el tono institucional, la presencia digital, la comunicación estratégica y el rol de embajador organizacional constituyen cinco razones poderosas que, bien gestionadas, se convierten en una estrategia integral para crear y proyectar la identidad y la grandeza de una organización, un país o una marca. Gestionar estos componentes no es una tarea sencilla, pero es plenamente alcanzable cuando existe claridad, compromiso y una visión compartida.

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