
Por: Yenifer Gil,
Lic. En Derecho| Consultora| Conferencista
En mi artículo pasado les compartí sobre el costo emocional, material y físico que representa construir y vivir una vida con propósito. No basta con sanar; se requieren acciones concretas, enfoque y determinación para ver materializados esos cambios que deseamos para nuestra vida.
Sorpresivamente, para este mes ya tenía delimitado el tema de este artículo y justamente ayer empecé a leer el segundo hábito descrito en el libro Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva: “Comenzar con un fin en mente”. Definitivamente, esto es clave. Si no sabes cuál es tu propósito, si no tienes claridad de lo que quieres, si tu visión está nublada, no podrás diseñar el plan correcto para ir detrás de lo que persigues.
Tener una visión clara para tu vida te dará el punto de partida para saber hacia dónde quieres ir y cuáles son los planos sobre los cuales diseñarás tu proyecto de vida.
Sin visión no accionamos de manera clara, sino que reaccionamos ante la vida. Vamos apagando fuegos y no logramos caminar en una ruta definida.
Hoy quiero que te preguntes:
• ¿Qué es lo que quiero en la vida?
• ¿Sé hacia dónde va mi vida en este momento?
• ¿Conozco la ruta que tengo que seguir para llegar allí?
• ¿Con qué recursos cuento para lograr mi propósito?
• ¿Qué más necesito para acercarme a lo que persigo?
• ¿Cuáles ajustes necesito hacer para lograr mis metas y objetivos?
Quiero recordarte que tu visión es esencial si quieres crecer. La forma en que te miras a ti mismo determina, en gran medida, si avanzas o te estancas. Una visión no garantiza que el camino sea fácil, pero sí evita que la vida se convierta únicamente en una sucesión de reacciones ante lo que ocurre.
Este es un buen momento, justo a mediados de año, para evaluar si es necesario definir, redefinir o alinear tu visión, de modo que puedas hacer los ajustes necesarios y permitir que los meses venideros te lleven por una ruta más certera y segura.


