
«En cualquier compromiso entre el bien y el mal, solo el mal puede beneficiarse». Ayn Rand
Por: Agustín Perozo Barinas
Se abre el telón.
Un buenista, Héctor Abad Faciolince, nos aconseja, para un mundo ideal que no existe: «Si quieres que tu hijo sea bueno, hazlo feliz, si quieres que sea mejor, hazlo más feliz. Los hacemos felices para que sean buenos y para que luego su bondad aumente su felicidad».
Muchos sabemos que hay un leviatán que se impone sobre estas quiméricas intenciones que nos recuerdan más las mentes idealizantes de los enamorados. La verdad no discute con quien ya eligió mentir… tampoco a la inmensa mayoría de la gente le interesa conocerla, solo quiere tener razón.
El poder no es neutro, o se inclina hacia el bien o hacia el mal y el propósito es lo que importa. Por ello, escribió Huxley: «El fin no puede justificar los medios por la sencilla y obvia razón de que los medios empleados determina la naturaleza de los fines producidos».
Stephen Miller, judío estadounidense, Subdirector del Gabinete de Políticas de la Casa Blanca, además Asesor de Seguridad Nacional, dijo en una entrevista: “Vivimos en un mundo en el que puedes hablar todo lo que quieras sobre sutilezas internacionales y todo lo demás, pero vivimos en un mundo, en el mundo real, que se rige por la firmeza, por la fuerza y por el poder. Estas son las leyes de hierro del mundo desde el principio de los tiempos”.
La similitud con el discurso y propaganda nazi en la década de los treinta del siglo pasado es más que evidente. El peso de ese poder nos lo expone Galeano: «El miedo nos gobierna. Esa es una de las herramientas de las que se valen los poderosos, la otra es la ignorancia». El llamado “amaestramiento”.
Desde que éramos curiosos adolescentes vimos un mundo plagado con engaño, injusticia, robo, violencia, fuerza, miedo… todo envuelto entre sistemas ideológicos con doctrinas políticas “impecables”.
Quienes han abrazado estos sistemas simplifican este absurdo como: “¿Qué lógica tiene que el diablo me castigue en el infierno por desobedecer las leyes de su enemigo: Dios?” En pocas palabras, sin freno moral, ¿qué importa?
Tenemos un caldo a nivel global donde el poder ilimitado goza de todo tipo de tecnologías y armamentos que convertirían el belicismo moderno en gran escala en un escenario de pesadilla si hay confrontación militar entre las grandes potencias.
Hay muchos argumentos para agredir, como: mantener el dólar como moneda de reserva, la amenaza de anexar Groenlandia (y luego Islandia y el archipiélago de Svalbard) por los Estados Unidos, como expansión territorial similar al Lebensraum alemán (Espacio Vital) hacia el este durante la Segunda Guerra Mundial, el control de las reservas petroleras y tierras raras venezolanas, la “propuesta” a Canadá para unirse a la Unión Americana, romper el actual orden y derecho internacional para imponer la solución de conflictos a través de la fuerza (descalificando la Carta de la ONU), etc., mientras continúan los conflictos en Ucrania, Gaza, Irán…
¿Cómo evolucionará este entramado de intereses imperiales en pugna? Se impondrá la fuerza y el poder aplastará. Y ahí está el riesgo mayúsculo, tres potencias en el tablero, cada una con su agenda expansionista… no solo territorialmente, también está en juego intentar desmontar la hegemonía del dólar por las potencias adversarias a los Estados Unidos, el dominio de las monedas digitales descentralizadas (criptomonedas) y la inteligencia artificial, entre otros desafíos.
Los países pequeños solo tienen un papel de observadores sin voz ni voto, como se ha confirmado recientemente entre los eventos más álgidos, como el venezolano y en Oriente Medio. El ciudadano común tampoco cuenta, a menos que sea un peón útil, carne de cañón, dentro del esquema dominante (soldado, técnico especializado, diplomático de cañoneras, espía, etc.)
Las noticias del día siguiente podrían llegar de luto… por un error que pueda desencadenar algo mayor. Sufrirán las cadenas de suministro, el comercio, las comunicaciones, la energía… todo en un parpadear de ojos si el error es un gran detonante. O tal vez seamos afortunados y la sensatez se imponga: o nos destruimos o consensuamos. La cultura de la guerra como medio para imperar sabemos hacia dónde llevó al mundo el siglo pasado.
Como el alcance del poder no es únicamente regional sino global con consecuencias que nos afectan a todos, y cuando el riesgo desbordante es sensiblemente alto, las protestas masivas organizadas son una vía de presión.
O hacemos la apuesta: que la humanidad siga avanzando a pesar de los pesares como lo ha hecho en el pasado, aun con un alto precio en vidas y bienes o, no siendo tan optimistas, nos hundiremos en la barbarie con un ingrediente aterrador: una guerra nuclear. Ese armamento es, en teoría, de uso disuasivo solamente… hasta que deje de serlo como tal. Séneca lo advirtió: «Todo poder excesivo dura poco». Una guerra nuclear total se resolverá en cuestión de horas.
Se cierra el telón.
Concluimos con una frase inquietante de Enrique Tierno Galván: «El poder es como un explosivo: o se maneja con cuidado, o estalla».
Autor de los libros sociopolíticos «La Tríada» y «Érase una vez un edén en el Caribe».

