Cada día, las carreteras dominicanas dejan de ser simples vías de comunicación para convertirse en escenarios de tragedias que enlutan a decenas de familias. Lo más preocupante es que muchas de estas pérdidas pudieron evitarse.
Con frecuencia se responsabiliza únicamente a las autoridades, pero la realidad es que la seguridad vial también depende de las decisiones individuales. Conducir a exceso de velocidad, ignorar una luz roja, utilizar el teléfono mientras se maneja o ponerse al volante bajo los efectos del alcohol no son simples infracciones; son actos de irresponsabilidad que pueden costar vidas.
Es cierto que el Estado debe fortalecer la fiscalización, mejorar las carreteras y garantizar el cumplimiento de la ley. Sin embargo, ninguna medida será suficiente si como ciudadanos no entendemos que el respeto por las normas de tránsito es, ante todo, un acto de respeto por la vida.
No podemos seguir normalizando que cada fin de semana las estadísticas de accidentes ocupen los titulares de los medios de comunicación. Detrás de cada número hay un nombre, una familia y un proyecto de vida que quedó truncado.
La verdadera pregunta no es cuántas campañas más hacen falta, sino cuándo decidiremos cambiar nuestra manera de conducir. Porque las leyes pueden imponer sanciones, pero solo la conciencia puede evitar una tragedia.