
Por: Yenifer Gil,
M.A.Abogada | Consultora | Coach
No siempre elegimos cambiar.A veces los cambios llegan de manera sorpresiva e inesperada.
Algunos procesos son más suaves y nos permiten sostenerlos sin mucho esfuerzo. Otros, en cambio, irrumpen como olas fuertes que arrasan con todo a su paso.
En medio de esos momentos, la vida se tambalea. Y con ella, también lo hacen nuestras creencias, nuestra fe e incluso el valor que nos damos a nosotros mismos.
Son etapas que incomodan.
Que nos confrontan.
Que nos obligan a hacernos preguntas que antes no habíamos considerado.
Nos colocan frente a verdades incómodas, de esas que no se pueden seguir evitando. Y en ese proceso, no solo se transforma lo que ocurre afuera, sino también lo que somos por dentro.
A partir de esa nueva conciencia, comienzan a surgir decisiones…
Algunas necesarias.
Otras difíciles.
Todas, inevitables.
Y con ellas, llega otro momento igual de desafiante: la adaptación a lo nuevo.
Porque cambiar no termina en la decisión.
Cambiar implica aprender a sostener lo que viene después.
Muchas veces quisiéramos evitar estas etapas.Huir de lo incómodo.Volver a lo conocido.
Pero la realidad es que el cambio forma parte de la vida.
Y son precisamente estos momentos los que nos permiten crecer, madurar y elevar nuestro nivel de conciencia.
Las transiciones no son interrupciones.
Son parte del proceso de construcción personal.
A través de ellas nos hacemos más fuertes, más conscientes y más decididos. Aprendemos a elegir con mayor claridad y a sostener nuestras decisiones con firmeza.
Porque al final, no se trata solo de lo que cambia…sino de en quién nos convertimos mientras atravesamos el proceso.


