Opinión

Los Reyes Magos en tiempos de excesos y degradación moral

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Por: José Rafael Vargas Comprés

Hay quienes persiguen el dinero como un fin, lo colocan en el centro y están dispuestos a todo por alcanzarlo. Otros, en cambio, se dedican a hacer lo que aman, a construir con sentido, y casi sin proponérselo el dinero les llega. No es casualidad: son miradas distintas sobre el mundo material, sobre el éxito y sobre la vida misma.

 

Llegó el Día de Reyes, y con ello una retórica en evolución guiada por el mercado y el conflicto del individualismo. Tendrán que ser magos los reyes para afrontar el dilema de una sociedad que cada vez se divide más: por un lado, está el niño glotón, que lo quiere todo y se le da todo, y por ello hace lo que sea para alcanzarlo; por otro, el niño que en el Día de Reyes solo espera un regalo, lo valora y lo atesora como algo muy importante; y, por último, está aquel niño que no recibe regalo, el desposeído, quien mantiene siempre su esperanza en alto a pesar de no haber recibido en años anteriores.

Puede ser un error en el sistema GPS de los reyes; él no lo sabe. Y aunque se cuestiona, mantiene su felicidad intacta y vuelve a sonreír con lo único que posee: el amor de sus cercanos.

Desde los cimientos de la niñez se van creando las características que definen a una sociedad. La nuestra va madurando, arraigando una cultura peligrosa de excesos y degradación moral. El problema no es el dinero, sino lo que provoca y hasta dónde es capaz el hombre de comprometer cualquier código moral para alcanzarlo, como escribiera Shakespeare en uno de sus pasajes de Timón de Atenas:

¿Oro? ¿Oro precioso, rojo y fascinante?

Con él se torna blanco el negro y el feo, hermoso;

Virtuoso el malvado; el anciano, mancebo;

Valeroso el cobarde y noble el ruin.

El oro desplaza al sacerdote del altar

Y retira la almohada a quien yace enfermo.

Este esclavo dorado ata y desata vínculos consagrados;

Bendice al maldito, hace amable la lepra, honra al ladrón

Y le da rango, poder y preeminencia

En el consejo de los senadores; conquista pretendientes

A la viuda anciana y corcovada.

Es bálsamo que rejuvenece, pinta con colores la primavera

A los cuerpos cubiertos de llagas pútridas,

Arrojados con asco de los hospitales.

¡Oh, maldito metal,

Vil ramera de los hombres,

Que enloquece a los pueblos!

La pregunta obligada es: ¿Hasta dónde es suficiente para ser feliz y hasta qué punto estamos dispuestos a sacrificar nuestra moral con el propósito de diferenciarnos de los demás en el ámbito material? Aquello que en el barrio, de manera coloquial, llaman “romper ojos”, y que el gran filósofo popular Don Míguelo entendió bien cuando dijo en una de sus canciones: “No es tener 100, es tener 50 y gozar mejor.”

Como es sabido, nadie aprende en cabeza ajena, y es por ello que se precisa la autoridad pertinente para corregir: en las casas, nuestros padres; en la sociedad, el Estado. En primera instancia, urge cambiar el inicio de sociedad, levantando la conciencia crítica a través del ABC de la educación. Este proceso puede resultar lento, pero es la base sólida sobre la cual se sostiene una convivencia sana y apegada a lo esencial. En segunda instancia, contar con un régimen de consecuencias que permita discernir el bien del mal, pero que también busque mitigar los actos de corrupción.

Para que los Reyes nos dejen a todos, debemos encaminar a nuestra sociedad por un rumbo diferente y sin excepciones. Que el glotón entienda que puede ser feliz con menos y no con todo. Que el indecoroso sepa, de buena o mala manera, que no debe incurrir en actos inmorales para llenar sus placeres, mucho menos cuando estos son a costa de voces inocentes.

Darwin dijo que descendíamos de los monos; la interrogante es si seguiremos descendiendo del mismo y nos comeremos cabeza con cabeza en una lucha por lo superficial. Redefinamos ya nuestra sociedad, cerremos los márgenes que nos diferencian y hagamos de nuestro entorno un lugar más agradable para que Melchor, Gaspar y Baltasar puedan llegar para todos.

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