La Inteligencia Artificial y su Huella Invisible: El costo ambiental de la revolución digital

Por: Araceli Aguilar Salgado
“La humanidad tiene la capacidad de hacer de este mundo un lugar mejor, pero también la responsabilidad de no destruirlo en nombre del progreso.” Ban Ki-moon
Un informe que sacude conciencias
El Instituto de la Universidad de la ONU para el Agua, el Medio Ambiente y la Salud (UNU-INWEH) acaba de publicar un estudio que desnuda la cara oculta de la inteligencia artificial. Bajo el título “Coste ambiental del uso energético de la IA: huellas de carbono, agua y suelo”, el documento advierte que la infraestructura digital que sostiene a los chatbots, generadores de imágenes y sistemas de vídeo sintético podría convertirse en una pesadilla ambiental para los países más vulnerables.
Hasta ahora, el debate público se había centrado en la huella de carbono. Sin embargo, el informe revela que cada consulta, cada imagen y cada vídeo dejan también una huella hídrica y territorial invisible, ignorada sistemáticamente en los cálculos oficiales.
Cifras que alarman
- Consumo eléctrico: Para 2030, los centros de datos consumirán 945 teravatios-hora, casi el triple del gasto anual combinado de Pakistán, Bangladés y Nigeria.
- Huella hídrica: Equivalente a las necesidades básicas de agua de 1.300 millones de personas en África subsahariana.
- Uso del suelo: Más de 14.500 km², el doble del área metropolitana de Yakarta.
El error de medir solo el carbono
El profesor Kaveh Madani, director de UNU-INWEH, subraya que el informe no busca demonizar la IA, sino advertir que “bajo en carbono” no significa “bajo en agua” ni “bajo en territorio”. Cambiar del carbón a la bioenergía puede reducir la huella de carbono en un 70%, pero multiplica la huella hídrica por treinta y la de suelo por cien.
El peso real: las consultas diarias
El entrenamiento de modelos como GPT-4 acaparó titulares, pero el verdadero impacto está en la inferencia: el procesamiento continuo de las consultas. Entre el 80% y el 90% del consumo energético proviene de esta fase.
- Solo ChatGPT procesa 2.500 millones de consultas al día.
- Generar una imagen consume 1.450 veces más energía que clasificar un texto.
- Un vídeo corto puede equivaler a 200.000 clasificaciones de spam.
La paradoja de la eficiencia
El informe invoca la paradoja de Jevons: cuanto más eficiente se vuelve la IA, más barata y accesible resulta, lo que dispara su uso y anula las ganancias ambientales.
Costes locales de un beneficio global
La expansión de la IA está creando tensiones desiguales:
- En Irlanda, los centros de datos consumieron el 21% de la electricidad en 2023.
- En Querétaro, México, la infraestructura digital agota reservas de agua en plena sequía.
- En Uruguay, un centro de datos se proyectó justo cuando Montevideo enfrentaba la peor crisis hídrica de su historia.
Además, se prevén 2,5 millones de toneladas de residuos electrónicos en 2030, procesados en países con escasas salvaguardas ambientales.
Brecha digital e injusticia ambiental
Solo 32 países albergan centros de datos especializados en IA, y el 90% de esa capacidad se concentra en dos naciones. Más de 150 países quedan fuera de la computación soberana, soportando la extracción de minerales críticos y el procesamiento de residuos, mientras los beneficios se concentran en el Norte Global.
Seis principios para una IA responsable
El informe propone un marco de acción:
- Transparencia
- Eficiencia por diseño
- Equidad y justicia ambiental
- Responsabilidad del ciclo de vida
- Cooperación global
- Uso sostenible
La inteligencia artificial se ha convertido en el símbolo de la revolución tecnológica del siglo XXI, una promesa de progreso que parece imparable. Sin embargo, el informe de la Universidad de la ONU desnuda una verdad incómoda: el desarrollo de la IA no solo se mide en algoritmos y eficiencia, sino en litros de agua, kilómetros de suelo ocupado y toneladas de residuos electrónicos. La narrativa triunfalista de la innovación oculta que, sin una gobernanza sostenible, esta revolución puede transformarse en una carga ambiental insoportable para los más vulnerables.
El reto, por tanto, no es únicamente técnico. No basta con optimizar modelos o reducir emisiones de carbono. El verdadero desafío es político y ético: ¿quién paga el precio de la infraestructura digital y quién recibe sus beneficios? Hoy, las comunidades que aportan minerales críticos, agua y territorio son las mismas que enfrentan sequías, contaminación y despojo, mientras los dividendos estratégicos se concentran en unas pocas naciones ricas.
La paradoja es brutal: la IA promete prosperidad global, pero amenaza con profundizar la injusticia ambiental. Si no se corrige el rumbo, la columna vertebral de la era digital podría convertirse en una espina dorsal de desigualdad, donde el Sur Global carga con los costos y el Norte acumula las ganancias.
El informe es claro: la gobernanza de la IA debe trascender la lógica del mercado y asumir un compromiso con la sostenibilidad planetaria y la equidad social. Integrar la infraestructura digital en la planificación energética, hídrica y territorial no es una opción, es una obligación. Los gobiernos, la industria, los usuarios y los inversores deben reconocer que cada consulta, cada imagen y cada vídeo tienen un precio ambiental que no puede seguir siendo invisibilizado.
En definitiva, la inteligencia artificial sólo será recordada como una herramienta de progreso si se construye sobre principios de transparencia, justicia ambiental y cooperación global. De lo contrario, corremos el riesgo de que la revolución digital se convierta en una nueva forma de colonialismo ambiental, donde los más pobres subsidian con sus recursos la prosperidad tecnológica de los más ricos.
“El desarrollo no puede ser llamado progreso si compromete los recursos de las generaciones futuras.” Harlem Brundtland
Araceli Aguilar Salgado Periodista, Abogada, Ingeniera, Escritora, Analista y comentarista mexicana, de Chilp


