Opinión

¿Cómo se reforma una institución que nunca ha funcionado?

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Por Ana Aguilera Perdomo.

 

La pregunta surge tras otro asesinato a manos de un agente policial en Santo Domingo Oeste.

 

Durante años se ha intentado reformar el Ministerio de Interior y Policía. Distintos ministros han presentado ideas diferentes sobre lo que significa una reforma: nuevos uniformes, radios, cámaras corporales, vehículos más modernos y otros cambios visibles. Sin embargo, pocos se han preguntado cómo una reforma se traduce realmente en mejoras para la vida cotidiana de los ciudadanos.

 

No somos el único país que experimenta episodios de brutalidad policial. En Estados Unidos, por ejemplo, los asesinatos cometidos por agentes del orden han sido ampliamente documentados y, en muchos casos, presentan un fuerte componente racial. Esto ha generado profundas tensiones sociales y ha llevado a que una parte de la población ya no crea en las reformas tradicionales, sino que promueva la reducción del financiamiento y del alcance de los cuerpos policiales.

 

Lo ocurrido con Darling Mercado, el joven asesinado, no es un síntoma; es la enfermedad. En la República Dominicana, un porcentaje significativo de los crímenes fatales involucra a un miembro de la Policía Nacional, ya sea en feminicidios, robos u otros hechos violentos. Los agentes no parecen estar suficientemente preparados para desescalar conflictos ni para priorizar la protección de la ciudadanía. En demasiadas ocasiones, la percepción es que actúan como una fuerza destinada a controlar a la población mediante el uso de la fuerza, en lugar de servirla.

 

Si realmente se quiere reformar la institución, primero debe cambiar la relación entre el ciudadano y el agente policial. Quienes crecieron en sectores con una fuerte presencia policial conocen la tensión que se genera cuando llegan “los monos” o “los federicos”, términos populares con los que muchas comunidades se refieren a los policías. Esa reacción no surge por casualidad. En numerosas ocasiones, los agentes no resuelven los conflictos, sino que los provocan o los agravan.

 

Una reforma sólo puede construirse trabajando junto a las comunidades. Las juntas de vecinos deben tener una participación activa en la definición del modelo de vigilancia que desean para sus barrios: cuántos agentes patrullarán la zona, qué tipo de unidades serán desplegadas y cuáles serán sus funciones. No es lo mismo asignar una unidad táctica especializada que policías comunitarios capacitados para interactuar con los residentes. Cuando la institución decide, sin diálogo, qué barrios requieren una presencia policial más agresiva, termina alimentando la desconfianza y la confrontación.

 

También es necesario dignificar la profesión policial. Los beneficios de ser policía deben ser tan valiosos que ningún agente esté dispuesto a ponerlos en riesgo por un acto de corrupción o por un uso innecesario de la violencia.

 

Un seguro médico de calidad, acceso a educación para sus hijos, facilidades para adquirir una vivienda o un vehículo, salarios suficientes para vivir con dignidad y oportunidades reales de desarrollo profesional son incentivos que fortalecen el compromiso con la institución. Un policía que tiene mucho que perder es menos propenso a actuar de manera irresponsable.

 

Finalmente, considero que también debemos replantear el papel de las armas de fuego en el patrullaje cotidiano. Siempre me he preguntado por qué un policía que realiza labores ordinarias de vigilancia debe portar un arma de reglamento en todo momento. Si una situación supera la capacidad de la patrulla asignada, deberían existir protocolos claros para solicitar unidades especializadas y recurrir, en primera instancia, a métodos de control y reducción del riesgo que no impliquen el uso letal de la fuerza.

 

Además, nuestro país ha sido testigo de casos en los que armas de reglamento han sido utilizadas para cometer feminicidios o incluso alquiladas por agentes corruptos a grupos criminales para obtener dinero extra. Estos hechos demuestran que el debate sobre el porte de armas dentro de la institución no puede seguir siendo ignorado.

 

En definitiva, la reforma policial no se logra con cambios estéticos ni con una nueva imagen institucional. Se construye a partir de una transformación profunda de la cultura policial, de la profesionalización de sus miembros, de la rendición de cuentas y, sobre todo, de una visión que coloque al ciudadano en el centro de todas las decisiones. Solo entonces podremos hablar de una policía que inspire confianza y no miedo.

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