
Por: Yenifer Gil,
Lic. En Derecho| Consultora| Conferencista
En meses anteriores he venido hablando acerca de las transiciones, las crisis, los momentos de inflexión y de cómo estas circunstancias, aunque muchas veces llegan sin ser invitadas, también pueden convertirse en un impulso para alcanzar nuevas metas y abrir nuevos horizontes.
Sin embargo, no todas las personas responden de la misma manera ante una situación difícil. Incluso frente a un mismo escenario, algunos logran avanzar, adaptarse y tomar decisiones, mientras otros permanecen paralizados, esperando que las circunstancias cambien o terminan hundiéndose en su pesar.
¿Qué marca la diferencia?
Uno de los elementos fundamentales es la responsabilidad personal: la capacidad de reconocer que, aunque no siempre podemos elegir lo que nos sucede, sí podemos decidir desde dónde enfrentamos lo que nos sucede.
Podemos asumir el papel de víctima de nuestras circunstancias o podemos reconocernos como responsables de nuestras decisiones, nuestros actos y de la manera en que gestionamos nuestras heridas y respondemos ante aquello que no podemos controlar.
Y esto nos lleva a una dimensión del liderazgo de la que hablamos menos, pero que resulta esencial: el autoliderazgo, porque antes de dirigir a otros, necesitamos aprender a dirigirnos a nosotros mismos.
En todos los entornos familiares, laborales y sociales nos encontramos con situaciones que requieren tomar decisiones, gestionar emociones, enfrentar cambios, resolver conflictos o guiar a otros en momentos de incertidumbre.
Por eso, liderar no consiste únicamente en tener un cargo, dar instrucciones o alcanzar resultados. El verdadero liderazgo comienza en la capacidad de autodirigirse; por eso la importancia de atravesar las crisis y fortalecernos en medio de ellas.
Hay personas con excelentes competencias técnicas, grandes capacidades para dirigir equipos y facilidad para influir en otros, pero que tienen dificultades para gestionar sus propias emociones, organizar sus prioridades, manejar la presión o responder adecuadamente ante los cambios. Esto puede poner en duda su liderazgo cuando el discurso no está respaldado por el ejemplo.
Un colaborador puede ser extraordinario desde el punto de vista técnico y, al mismo tiempo, necesitar desarrollar herramientas para manejar la presión, comunicarse mejor, gestionar sus emociones o adaptarse a nuevas circunstancias. Autoliderarse en las diferentes esferas de nuestra vida implica también poner límites, asumir responsabilidades y tomar decisiones incluso cuando no tenemos todas las respuestas.
Quiero concluir dejando algunas preguntas para reflexionar:
¿Cómo me estoy liderando a mí mismo?
¿Cómo respondo cuando las cosas no salen como esperaba?
¿Qué hago con aquello que no puedo controlar?
¿Soy capaz de reconocer cuando necesito ayuda y solicitarla?
¿Mis acciones son coherentes con aquello que espero de los demás?
Antes de liderar un equipo, una organización o incluso una familia, necesitamos aprender a liderarnos a nosotros mismos, ya que el liderazgo que no comienza en el interior difícilmente podrá sostenerse hacia afuera.
Hasta una próxima entrega.


