Opinión

Ambición y ruptura: cuando la política pierde su esencia

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Porfirio Martínez.

 

La política, en su esencia, debería ser el arte de construir, de unir voluntades y de buscar el bien común. Sin embargo, con demasiada frecuencia se convierte en un terreno donde los intereses personales pesan más que los principios, y donde las amistades, que alguna vez parecieron sólidas, se resquebrajan hasta transformarse en abiertas enemistades.

 

Es doloroso ver cómo personas que compartieron ideales, proyectos y hasta confianza, cambian su trato cuando los intereses dejan de coincidir. Lo que antes fue respeto se convierte en desdén; lo que antes fue diálogo, en ataques cargados de palabras ofensivas y actitudes desafiantes. Y más aún, cuando al descubrir maniobras ocultas o tramas en contra, la reacción no es la reflexión, sino la agresividad, como si la verdad fuese una amenaza intolerable.

 

Quien se deja llevar por aspiraciones desmedidas pierde, muchas veces, la capacidad de analizar con claridad. No advierte que la vida es cíclica, que los escenarios cambian, y que aquellos a quienes hoy desprecia o enfrenta, mañana podrían ser necesarios. La falta de visión y de prudencia conduce a decisiones impulsivas que dejan huellas difíciles de borrar.

 

La política es pasajera; los cargos, los momentos de poder y las coyunturas terminan. Pero las personas permanecen, y con ellas, las consecuencias de nuestras acciones. Por eso, es fundamental actuar con respeto, incluso en la diferencia, y recordar que ninguna ambición justifica la pérdida de la dignidad ni el irrespeto hacia los demás.

 

Al final, lo que queda no es la victoria momentánea, sino la calidad humana con la que se transitó el camino.

 

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