
Por Pelegrín Castillo Semán.
El Código Penal votado finalmente el año pasado, después de ser abordado por 20 años en el Congreso y sus comisiones, representa un valioso paso adelante… que respaldamos, en general.
Sin embargo, como toda obra humana, no es perfecto: acusa algunos fallos o enfoques inquietantes susceptibles de crear males mayores que los que se pretenden enfrentar.
Ese es el caso, por ejemplo, de los artículos relativos a los delitos de palabra, en torno a los cuales tenemos ciertas reservas: las tipificaciones y sanciones a las infracciones de difamación, injurias, ultrajes, campañas calumniosas o extorsivas…
Es cierto que con las redes, dichas infracciones pueden causar más daños morales o materiales, que los que se provocaban en otros tiempos, con los medios más tradicionales. Incluso, podrían socavar el orden público e institucional.
Sin embargo, a pesar de esa tendencia inquietante- las redes pueden ser eruptivas, volátiles, procaces, infamantes, pero también muy manipulables con IA y Big Data-, esas infracciones, en principio, no deberían castigarse con penas privativas de libertad, o con penas desproporcionadas, y su tipificación debería ser más precisa.
En una sociedad que lucha por ser libre, abierta, plural, esa tipificación penal, podría conducir a la expansión del peligroso fenómeno de la autocensura, lo que estimula la impunidad y los abusos de los poderosos; y peor aún, menoscaba el derecho de los ciudadanos a ser debidamente informados con información cierta, verificable, esto es, veraz
El periodo de vacatio legis, de un año de duración, debería ser el espacio para hacer un ejercicio de corrección, en la línea de lo perfectible. La clave más importante para su defensa es reforzar la exceptió veritatis – tema de mi tesis-, en especial, cuando se trata de figuras de autoridad.
Bien haría el Congreso Nacional si reajusta el tratamiento penal de los delitos de palabra, para evitar incluso que un mal social mayor que el que se pretende penalizar, termine por provocar efectos que pueden ir más allá de la autocensura, como sería crear un ambiente social levantisco o de rebeldía general.
Pero no tengo dudas de que si no se hace en ese lapso, se hará más temprano que tarde, ya que el pueblo dominicano siempre luchará por sus espacios de libertad…aún sea para desahogarse o rabiar frente a las figuras del poder político, o contra a aquellos que se creen dueños de una Finca con Pasaporte RD.
Ahora bien, es bueno que los que valoramos ese derecho fundamental, que mucho ha costado conquistarlo, tomemos mayor conciencia de que no solo las normas recién aprobadas lo amenazan en manos autocráticas: la historia demuestra que los excesos o abusos, es decir, sin tener presente que el ejercicio de la auténtica libertad es inseparable de la responsabilidad; y termina por devaluarla, minarla, desdibujarla, hasta hacerla blanco fácil de sus enemigos.


